En un contexto inédito a nivel mundial por la pandemia, el viernes 3 de julio las autoridades de la FFyH tomaron juramento a lxs egresadxs en la primera colación virtual llevada a cabo por la institución, que siguió los protocolos de higiene y distanciamiento social establecidos. La Decana, Flavia Dezzutto, y dos egresadxs reflexionaron sobre el rol de la universidad y la importancia de que los saberes aprendidos se “transformen en experiencias y propuestas de libertad y dignidad, de justicia e igualdad”.

La situación era excepcional y la Facultad diseñó los mecanismos para garantizar uno de los momentos más significativos para quienes terminan sus respectivos trayectos académicos: la colación de grado y posgrado. Respetando los protocolos de higiene, salubridad y distanciamiento social establecidos por la UNC, distintos espacios del Pabellón Residencial fueron el escenario para que la Decana, Flavia Dezzutto la subsecretaria Académica, María Luisa González,  y las Áreas de Enseñanza, Informática y Comunicación llevaran a cabo una de las actividades más esperadas por aquellxs que transitaron las aulas y los espacios de la Facultad durante varios años. El secretario de Posgrado, Sebastián Muñoz, acompañó el acto de manera virtual desde su casa.

En su despacho, Dezzutto tomó juramento a lxs egresadxs, leyó su discurso y dio la bienvendida a lxs nuevxs abanderadxs, resaltando que a pesar de la distancia provocada por la pandemia, la Facultad arbitró todas las medidas necesarias para llevar adelante el acto de colación, y confirmar que los diplomas serán entregados una vez que se retomen las actividades presenciales, instancia que será informada en tiempo y forma a lxs egresadxs.

Culminados los juramentos, fue el turno de las palabras, que llegaron con la Decana en ese momento, y con los aportes del egresado de la Licenciatura en Geografía, Santiago Soto, y la egresada del Doctorado en Filosofía, Ianina Moretti, quienes escribieron especialmente para la ocasión los textos que reproducimos en esta nota de Alfilo:

Sostener una pequeña luz en medio del paisaje tormentoso

Por Flavia Dezzutto, Decana de la FFyH

“La Universidad tiene cuatro funciones específi­cas, a cumplir, relacionadas entre sí: la investigación cientí­fica, sensibilidad social, preservación del patrimonio cultural y formación de profesionales. Este orden no es casual, ni tampoco signifi­ca prioridades: uno supone al otro… Ajustar estas cuatro funciones, decir -no callar- lo que es necesario que desde la Universidad sea cumplido, es simplemente reformular nuestra historia como país; es romper los silencios cómplices aunque porten vestiduras académicas; es rescatar la memoria y tal vez nadie como nosotros, que nos consideramos portadores de un saber de excelencia, esté tan obligado a tenerla. Ni la Universidad puede saber a ciencia cierta cuál es su rol hoy y mañana, ni nosotros tener certeza sobre la validez de nuestro desempeño, si juntos, no decimos con claridad dónde estamos parados, si juntos no emprendemos la búsqueda de un conocimiento verdadero que no está, por cierto, reñido con el ejercicio de la imaginación, sí con la fabulación, sí con la falsi­ficación… De ustedes es la palabra, ahora la esperamos. También estaremos esperando el regreso.”

María Saleme de Burnichon Colación de Grados. Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad Nacional de Córdoba. 1989

María Saleme, Decana de nuestra Facultad entre 1988 y 1990 pronunciaba estas palabras en 1989, el país estaba en llamas, lacerado por tantos dolores que era preciso volver a preguntarse por el sentido de la universidad pública. Hoy, 31 años después de aquel discurso de María vivimos la primera colación de grados virtual de nuestra historia, navegamos la incerteza perseverando en la que es nuestra vocación primera, aquella que los reformistas del 18, en tiempos de peste también como estos, pudieron señalar: la idea de educación como una obra de amor, de amor comprometido e inteligente, de amor lúcido y constante. Hablar de amor cuando sabemos muy poco de lo que vendrá es acudir a lo mejor de nuestros saberes, de las incontables horas de estudio, de nuestros desvelos, de nuestras esperanzas, también de nuestros límites y dificultades. El amor como una fuerza paradójica, que parece lejos de la academia cuando se la nombra en su vacía formalidad, pero sin embargo es necesaria y presente en el sentido más hondo de lo que hacemos, de lo que pensamos y escribimos, de lo que amigos y familia han aportado, acompañando a cada uno, a cada una, en estos años de formación.

Lo que hemos podido construir, construcción colectiva, madurada junto a muchos y a muchas, dentro y fuera de la universidad, en la trama de múltiples voces, en el tiempo de una diversidad de experiencias, encuentra en las palabras de María las claves de su enigma: reformular una historia, romper los silencios, rescatar la memoria.

Las humanidades, en su larguísimo camino como conjunto de saberes, siempre en tensión, siempre en diálogo, siempre en lucha, siempre en las fronteras de nuestras certezas, han sabido lidiar con estos desafíos: han podido decir la historia nuevamente, cuando todo parecía perdido, han puesto palabras allí donde los silencios eran violencia y desprecio, han rescatado la memoria para hacer de ella un camino y un horizonte.

“Decir con claridad dónde estamos parados”, parece algo simple, pero no es tarea fácil: significa descifrar cuál es el suelo de nuestro presente, quiénes somos nosotros, nosotras, egresados, egresadas de la universidad pública, de una Facultad de Humanidades, hoy, ahora, cuando todas nuestras seguridades parecen tejerse y destejerse ante nuestros ojos.

Entonces, aparece esta idea, pasada de moda para muchos, pero plenamente vigente: la búsqueda de un conocimiento verdadero, de una imaginación vigorosa y fecunda. Ahora bien, esa búsqueda supone una actitud que también es propia de las Humanidades, poner en jaque a la fabulación, a la falsi­ficación. Cuando el mundo, nuestro continente y nuestros pueblos se debaten ante la necesidad de pensar todo de raíz, nos toca la tarea del vigía, que conserva y alimenta una pequeña luz en medio del paisaje tormentoso. Se trata entonces del amor, de la verdad, de la imaginación, como opciones ético políticas, intelectuales, prácticas, colectivas y concretas. Se trata de las palabras, dichas, escritas, enseñadas, pensadas, imaginadas, que pueden ser esa pequeña luz, modesta y fuerte.

“De ustedes es la palabra, ahora la esperamos. También estaremos esperando el regreso.”

En cada colación se habla de una etapa concluida, y de la posibilidad de un regreso. ¿Qué significa ese regreso? ¿Qué sentido tiene? Podríamos pensar que el camino de retorno a este lugar, a la Facultad de Filosofía y Humanidades, a la universidad pública, para ustedes, para tantos y tantas que han habitado esta casa, está siendo recorrido, está aconteciendo constantemente. Cada vez que los saberes y las prácticas que hemos aprendido se transforman en experiencias y propuestas de libertad y dignidad, cada vez que se convierten en palabras que hacen justicia y crean lugares de igualdad, se produce el regreso.

Ese es el corazón oculto de la educación pública, como María, aquí, siempre.


Un eslabón en la cadena comunitaria

Por Santiago Soto, Licenciado en Geografía

Se cierra otro ciclo en la vida, este estuvo atravesado por el conocimiento y la curiosidad, por el esfuerzo en comprender lo que somos y lo que hacemos. La universidad me ayudó a darle teoría y razón a una pregunta que siempre me hice desde chiquito: ¿Por qué hay gente derrochando riqueza y gente con hambre? ¿Por qué construimos una sociedad tan injusta?

Leímos, discutimos, pensamos, escribimos y reflexionamos, pero la pregunta sigue ahí. La pregunta nos agitó por dentro y el conocimiento se transformó en acción, no podíamos quedarnos sentados ante lo que pensábamos. Nos vimos en la calle, nos vimos en los barrios, tratando de resolver esa pregunta impaciente, cotidiana, colectiva.

A esa pregunta infinita la universidad le dio causas y efectos, agentes, procesos, espacialidad y temporalidad, poderes e intereses. Son herramientas que me permitieron atravesar una maleza de desinformación asfixiante, abriéndome el camino a lo que quiero hacer, a lo que quiero ser. Un eslabón en la cadena comunitaria de quienes les molesta esa pregunta inquieta.

La universidad no sólo es conocimiento: es dolor, es emoción, es alegría, es indignación, impotencia y consuelo. Un caudal de experiencias que te pone en jaque continuamente, replanteando lo que considerábamos como dado. La universidad es aprender a escuchar, es tratar de convencer, o por lo menos ponernos de acuerdo en eso que tenemos en común. Sin duda, la universidad nos hace mejores.

Pero siempre vuelve la misma pregunta, incisiva, abrumadora: ¿Por qué tanta gente queda afuera? Inmediatamente después viene la culpa: yo no merezco esto. Comienza otro ciclo, y me prometo: no vamos a descansar hasta que nadie más tenga que hacerse esa horrible pregunta.


El conocimiento como construcción colectiva

Por Ianina Moretti Basso

El pensar sobre una vida posible sólo es un lujo

para quienes ya saben que son posibles.

Para quienes todavía están tratando de convertirse

 en posibles, esa posibilidad es una necesidad.

Judith Butler, Deshacer el género

Ensayar unas palabras sobre el recorrido doctoral resulta un desafío, en cuanto nos implica desandar un ciclo en el que se ensamblan y solapan proyectos, estudios, afectos. El intento aquí es elegir hablar de aquello que quizá más nos acerca a quienes hemos transitado este trayecto de posgrado, aún a sabiendas de que el anecdotario particular ha sido tan fundamental para definir el propio proyecto doctoral. Cursar el Doctorado en Filosofía es una decisión, en muchos sentidos. Continuar la formación académica no es un camino evidente. Allí se teje un trayecto que delinea los propios intereses, a partir de la elección del grado y en una singularización de la orientación académica y profesional. La FFyH brinda unas posibilidades para tomar dicha decisión, tanto desde la propuesta de carreras como en la consideración de la compatibilidad con el mundo del trabajo. El reconocimiento de la inscripción institucional es también fundamental, y, en particular, de la figura de la adscripción para la inscripción anual y de cursada, figura que no suele correr con tanta suerte en el trayecto docente. Resulta fundamental la consideración de inscripciones académicas y el trabajo por achicar las dificultades que tienen muchas veces quienes egresan para volver a vincularse con este ámbito.

La posibilidad de elegir la combinatoria de cursos resulta estimulante: allí se conjuga el gusto y la selección de pertinencia en la variedad de cursos que se proponen desde la FFyH, moldeando así de manera singular cada trayecto de investigación. Entre ellos se encuentran las oportunidades de asistir a clases de docentes invitadxs, que de otro modo no contaríamos entre las opciones de formación, y también clases de excelentes docentes de la casa, que pueden compartir un saber diferente al del grado con sus propias pasiones, muchas veces contagiosas. La posibilidad de elegir cursos de otros Doctorados, Facultades e incluso otras Universidades, le da un brillo particular al transcurrir del posgrado. En esas experiencias, la riqueza está en la diferencia, que potencia la apertura del camino de investigación. Aún si más tarde se trata de acotar el espectro teórico según los objetivos particulares que se establecieran al comienzo, el trayecto dota de complejidad y modifica los proyectos de los que se parte. El conocimiento aparece, así, como una construcción colectiva, y no un saber estanco o hermético. La producción coral del conocimiento habilita un modo de abordar la escritura de la tesis, el mayor desafío y a su vez el mayor placer del Doctorado.

Sostener la promesa de la tesis durante los cinco años del Doctorado presenta, decíamos, sus desafíos. Sin embargo, es interesante poder dar cuenta de los cambios, las derivaciones, las interrupciones y aún las continuidades de esos objetivos y esas primeras hipótesis que motorizan el trabajo y lo tensionan hacia su concreción. La escritura es, en ese sentido, una tarea y también un privilegio. En orden a plasmar en la tesis el devenir del pensamiento, aparece como vital el diálogo, la discusión, la lectura con otrxs como condición del proceso. La conversación con docentes, directorxs, y maravillosamente con colegas, compañerxs de grupos de investigación, compañerxs de activismos, u otros espacios laborales, permiten la existencia y persistencia de la tarea teórica.

Los feminismos, los estudios sobre raza y clase, las reflexiones situadas, orientaron mi propio itinerario filosófico. La diversidad de itinerarios afecta la disciplina filosófica, reinscribiéndola, permitiendo otros modos de incorporarla. Las aproximaciones que permiten las actividades de extensión -otro pilar de la institución universitaria- también ofrecen una vuelta a la teoría transformándola, explotando su porosidad, agudizando su potencia crítica. El compromiso con nuestro aquí-ahora, con lo que acontece, toma distintos colores teóricos de acuerdo cada trayecto académico. Aún donde no hay resultados únicos para nuestras hipótesis, los trazos de la investigación permiten ensayar, poner en jaque los supuestos, habi(li)tar otras proposiciones. Las condiciones cambiantes del 2020 nos interpelan para un pensar quizá más flexible. Una flexibilidad que dé cuenta de la heterogeneidad de nuestros tiempos, que intente crear haciendo pie en las condiciones, aunque hacer pie sea saltar entre mojones. Sería interesante reintroducir aquella idea de Canguilhem, en la cual la filosofía “es una reflexión para la cual toda materia extraña es buena y, estaríamos dispuestxs a decir, toda buena materia tiene que ser extraña”. Quizá lo inesperado puede reconducirse en un pensamiento colectivo que nos acerque aún en las condiciones de mayor distanciamiento. En ese sentido, la invitación de María Saleme de Burnichon es profundamente actual: la búsqueda colectiva del conocimiento debe ir de la mano del ejercicio de imaginación, no sin sensibilidad social. El Doctorado puede así ser una instancia para comprender y desplegar la tarea filosófica en tanto crítica, que, en diálogo con otras humanidades, “gana en vitalidad” (Butler). Esa vitalidad devuelve el deber de pensar, precisamente, en las vidas posibles, y, como toda luz hace sombra, también -y sobre todo- en las que aún no aparecen como posibles. En esa búsqueda crítica, la mirada interseccional situada y el cruce entre docencia, extensión e investigación pueden “abrir la posibilidad a otros devenires u acontecimientos, a otras líneas de pensamiento” (v. flores). La academia aparece entonces como sitio desde el cual tensionar las viejas distinciones, y echar a andar compromisos renovados para con la sociedad en la que se inscribe. Es allí que se reformula la pregunta por qué hacer, y se enlazan a su vez articulaciones, alianzas que nos permiten alojar promesas de respuesta.

Galería de fotos

“Son tiempos para reformular una historia, romper los silencios, rescatar la memoria”
Etiquetado en: